"Para mi que la niña está harta de que sus padres sean tan...tan..ejem...extravagantes...Algo bobalicones, vamos"..Así pensaba Albacuca, la sabia de la corte.
Desesperada, la pareja real decidió -entonces- consultar a la hechicera del bosque, que así denominaban a ese montecito cercano a palacio bastante ralo (con cuatro o cinco arbustos locos a decir verdad) pero sin el cual esta historia no hubiera estado completa.
Una anciana horripilante se les apareció, arrastrando una mesita en la que se destacaba una enorme bola de telgopor blanco.
En vista de que en el destino de la niña hay dos...dos -digamos- cosas "inmodificables" y de las que me está vedado hablar- y la hechicera los miró alternada y fijamente, pero ninguno de ellos se dio por aludido-.
Su hija Numila...solo puede curarse...si le hacen cosquillas en las plantas de los pies...con una pluma de algun pavo...que tenga -exactamente- su misma edad..al día de hoy...
Yo soy hechicera, vidente, no hago milagros -dijo entonces la hechicera- Y sería un milagro la transfiguración de cualquiera de ustedes, con lo cincuentones que son, en una criatura de siete años, animal o humana...
Como bien dicen que la esperanza es lo último que se pierde, los monarcas resolvieron seguir las indicaciones de la hechicera, ilusionados como estaban con que ya aparecería un pavo de la misma edad de su amada hija y otros dos capaces de volar.
Elsa Bornemann
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